Estaba lloviendo sobre la capilla, sobre el jardín, sobre el colegio. Y había de llover eternamente y sin ruido. El agua se iría elevando, pulgada a pulgada, cubriendo la hierba y los arbustos, cubriendo los árboles y las casas, cubriendo los monumentos y las cimas de los montes. Toda la vida se aho­garía sin ruido: pájaros, hombres, elefantes, cerdos, niños. Y sin ruido flotarían los cadáveres entre los detritus del nau­fragio del mundo. Y por cuarenta días y cuarenta noches ca­ería la lluvia, hasta que las aguas cubriesen la faz de la tierra.

Podía ser. ¿Por qué no?

––El infierno se ha engrandecido y ha abierto inmensamen­te su boca. Son palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, del libro de Isaías, capítulo quinto, versículo décimo cuarto. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espí­ritu Santo. Amén.

El predicador sacó un reloj sin cadena de un bolsillo de la sotana y después de contemplar por un instante la esfera en silencio, lo colocó silenciosamente delante de él sobre la mesa.

Después comenzó a hablar con tono reposado:

––Adán y Eva, mis queridos jóvenes, los cuales, como sa­béis, fueron nuestros primeros padres, fueron creados por Dios, como recordaréis, con objeto de que los puestos que habían quedado vacantes en el cielo por la caída de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, pudieran ser ocupados de nuevo. Según se nos dice, Lucifer era un hijo de la mañana, un ángel poderoso y esplendente. Y sin embargo, cayó. Cayó y con él una tercera parte de las milicias celestiales. Cayó y fue preci­pitado con sus ángeles rebeldes en los infiernos. Cuál fuera su pecado es lo que no podemos decir. Los teólogos conside­ran que fue el pecado de orgullo, el pecaminoso pensamien­to concebido en un instante: non serviam: no serviré. Y aquel instante fue su ruina. Ofendió a la majestad de Dios con el pensamiento pecaminoso de un solo momento y fue precipitado en los infiernos para siempre.

»Adán y Eva fueron creados por Dios y colocados en el Edén, en la llanura de Damasco, en aquel hermoso jardín resplandeciente de sol y de color, lleno de una desbordante vegetación. La tierra fértil les regalaba pródigamente con sus dones; bestias y pájaros concurrían voluntariamente a su servicio; no conocían los males, herencia de nuestra carne: la enfermedad, la pobreza, la muerte. Todo lo que un Dios grande ypoderoso podía hacer por ellos, todo estaba hecho. Pero había una condición que les había sido impuesta por Dios: la obediencia a su palabra––. No habían de comer de la fruta del árbol prohibido.

»¡Ay, mis queridos jóvenes, que ellos también cayeron! El demonio, en otro tiempo un ángel resplandeciente, hijo de la mañana, y ahora un enemigo vil, vino en forma de ser­piente, la más sutil de todas las bestias del campo. Era que les tenía envidia. Él, el magnate caído, no podía soportar el pen­samiento de que el hombre, ser de arcilla, pudiera llegar a poseer la herencia de la cual su pecado le había desposeído para siempre. Y fue a la mujer, vaso más frágil, y deslizó el veneno de su elocuencia en los oídos de ella, prometiendo ––¡oh, promesa blasfema!–– que si ella y Adán comían del ár­bol prohibido, serían como dioses, más aún, como Dios mismo. Eva se rindió a las astucias del tentador por excelen­cia. Comió de la manzana y dio también de ella a Adán, quien no tuvo valor moral para negarse. La lengua de vene­no de Satán había realizado su obra. Y cayeron.

»Entonces se dejó oír en aquel jardín la voz de Dios que llamaba al hombre, su criatura, a rendir cuentas. Y Miguel, príncipe de la milicia celestial, con una espada en la mano, apareció ante la culpable pareja y la arrojó fuera del paraíso, al mundo, al mundo lleno de enfermedad y de lucha, de crueldad y de pesadumbre, de trabajo y de fatiga, a ganarse el pan con el sudor de la frente. ¡Pero, aun entonces, cuán misericordioso fue Dios! Tuvo piedad de nuestros primeros y degradados padres y les prometió que en la plenitud de los tiempos había de enviar desde los cielos al mundo uno que los había de redimir, que los había de hacer de nuevo hijos de Dios y herederos de su gloria. Y ese redentor de los hombres caídos en la culpa había de ser el unigénito hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno. »Vino. Fue nacido de una virgen pura, María, virgen y madre. Nació en un pobre establo, en Judea, y vivió como un humilde carpintero durante treinta años, hasta que llegó la hora de cumplir su misión. Y entonces la cumplió lleno de amor hacia los hombres, se dio a conocer y convocó a los hombres, para que oyeran el evangelio nuevo.

»Pero, ¿le oyeron? Sí, le oyeron, pero no le quisieron escu­char. Fue cogido como un vulgar criminal, mofado como loco, pospuesto a un malhechor público, flagelado con cin­co mil azotes, coronado de espinas, empujado brutalmente en las calles por el populacho judío y la soldadesca romana, despojado de sus vestiduras y colgado de un patíbulo, y atra­vesado su costado por una lanza; y del llagado cuerpo de Nuestro Señor manaban incesantemente agua y sangre.

»Y aun entonces, en aquella hora de suprema agonía, nuestro piadoso redentor tuvo misericordia de la humani­dad. Aun entonces, sobre la colina del Calvario, fundó la Santa Iglesia Católica, contra la cual, así está prometido, las puertas del infierno no prevalecerán. La fundó sobre la roca de los tiempos y la dotó con su gracia, con los sacramentos y el sacrificio, y prometió que si los hombres obedecían a la voz de su Iglesia, podrían entrar en la vida eterna, pero que si después de todo lo que había sido hecho en favor de ellos persistían aún en su maldad, habría para ellos una eternidad de tormento: el infierno.

La voz del predicador se hundió. Hizo una pausa, juntó por un instante las palmas de sus manos, las volvió a separar. Luego, continuó:

––Vamos a tratar ahora de imaginarnos, en la medida que podamos, la naturaleza de aquella mansión de los condena­dos creada por la justicia de Dios ofendido, para eterno cas­tigo de los pecadores. El infierno es una angosta, oscura y mefitica mazmorra, mansión de los demonios y las almas condenadas, llena de fuego y de humo. La angostura de esta prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para casti­gar a aquellos que no quisieron sujetarse a sus leyes. En las prisiones de la tierra el pobre cautivo tiene al menos alguna libertad de movimiento, aunque no sea más que entre las cuatro paredes de su celda o en el sombrío patio de la cárcel. Pero no así en el infierno. Allí, por razón del gran número de los condenados, los prisioneros están hacinados unos con­tra otros en su horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil millas de espesor. Y los condenados están de tal modo imposibilitados y sujetos, que un Santo Padre, San Anselmo, escribe en el libro de las Semejanzas que no son capaces ni aun de quitarse del ojo el gusano que se lo está royendo.

»Allí yacen en la oscuridad exterior. Porque habéis de re­cordar que el fuego del infierno no da luz. Lo mismo que, por mandato de Dios, el fuego del horno de Babilonia perdió el calor pero no la luz, por voluntad de Dios, el fuego del in­fierno, conservando la intensidad abrasadora de su calor, arde eternamente en sombra. Allí en una tempestad sin tér­mino de sombras, entre las llamas oscuras y el oscuro humo de la ardiente piedra azufre, están los cuerpos hacinados los unos encima de los otros, sin recibir nunca ni aun siquiera una vislumbre de aire. De todas las plagas que azotaron la tierra de los faraones, hubo una tan sólo, la de la oscuridad, a la cual se le diera el dictado de horrible. ¿Qué nombre ha­bríamos de dar, pues, a la oscuridad del infierno, la cual ha de durar, no por tres días, sino por toda la eternidad?

»El horror de esta angosta y oscura prisión se ve aumen­tado aún por su insoportable hedor. Toda la inmundicia del mundo, toda la carroña y la hez del mundo, afirman, habrá de desaguar allí, como en un vasto y vaheante albañal, cuan­do la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. La piedra azufre que arde allí en prodigiosas canti­dades llena todo el infierno de su intolerable fetidez. Y los cuerpos mismos de los condenados exhalan un olor tan pes­tilencial que, según dice San Buenaventura, uno sólo sería bastante para infestar todo el mundo. El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace hediondo e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de nau­seabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amon­tonadas en la humeante oscuridad, como un hongo mons­truoso de podre humana. Imaginad todo esto y podréis lle­gar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno.

»Pero este hedor, por terrible que sea, no es el mayor tor­mento físico al cual están sujetos los condenados en el infier­no. El tormento del fuego es el mayor sufrimiento al cual los tiranos de la tierra han podido condenar a sus semejantes. Poned el dedo por un momento en la llama de una bujía y sentiréis el dolor del fuego. Pero el fuego de la tierra ha sido creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarle en las artes útiles, mientras que el fuego del infierno es de otra calidad y ha sido creado por Dios para torturar y castigar al impenitente pecador. Nuestro fuego terrenal consume, también, más o menos rápidamente, según que el objeto al cual ataca es más o menos combustible, de tal modo que el ingenio humano ha logrado siempre discurrir procedimientos químicos para impedir o frustrar su acción. Pero el azufre que arde en el in­fierno es una sustancia especialmente creada para arder eternamente y eternamente, con indecible furia. Más aún, el fuego de la tierra destruye al mismo tiempo que quema, de tal modo que, cuanto más intenso es, tanto menos dura; pero el fuego del infierno tiene tal propiedad, que conserva lo mismo que abrasa y, aunque brama con indecible intensi­dad, brama para siempre.

»Nuestro fuego terreno, sean cuales sean su furia y su ex­tensión, tiene siempre una zona limitada; pero el lago de fuego del infierno no tiene límites, ni playas, ni fondo. Se dice que una vez el mismo diablo, preguntado por cierto sol­dado, se vio obligado a confesar que si toda una montaña fuera arrojada en aquel océano hirviente sería consumida en un instante como un pedazo de cera. Y este terrible fuego no aflige las almas de los condenados solamente por fuera, sino que cada alma condenada será un infierno dentro de sí mis­ma, abrasada por aquel fuego devorador en sus mismos cen­tros vitales. ¡Oh, cuán terrible es la suerte de aquellos mise­rables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus tiernos ojos llamean como globos can­dentes.

»Y todavía lo que he dicho referente a la fuerza, cualidad e ¡limitación de este fuego, no es nada si se compara con su in­tensidad, una intensidad que ha sido el instrumento escogi­do por designio divino para castigo del alma y del cuerpo a la par. Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, y que no obra por propia actividad, sino como un ins­trumento de la divina venganza. Como las aguas del bau­tismo purifican el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo tortura el espíritu y la carne. Todos los sen­tidos de la carne sufren tortura y todas las facultades del alma al mismo tiempo. Los ojos, la impenetrable y absoluta oscuridad; la nariz, los pestilentes olores; el oído, los alari­dos, bramidos e imprecaciones; el gusto, las materias co­rrompidas, el estiércol sofocante e indescriptible; el tacto, las punzadas de las candentes aguijadas y púas y los crueles la­ midos de las lenguas de fuego. Y a través de los múltiples tormentos de los sentidos, el alma inmortal se ve torturada eternamente en su íntima esencia entre leguas y leguas de llamas ardientes inflamadas en los abismos por la majestad ofendida del omnipotente Dios y alimentadas con una furia perdurable y cada vez más intensa por el soplo de la cólera de la divinidad.

»Considerad, finalmente, que el tormento de esta infernal prisión está aumentado por la misma compañía de los con­denados. La mala compañía es tan dañina que, aun en la tie­rra, las plantas se retiran como por instinto de todo lo que es fatal o nocivo para ellas. En el infierno todas las leyes están cambiadas; ya no hay allí idea de familia, ni vínculo, ni pa­rentesco. Los condenados braman y se maldicen los unos a los otros y tienen su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de otros seres tan torturados y rabiosos como ellos mismos. Todo sentimiento de humanidad está olvida­do allí. Los alaridos de los atormentados pecadores llenan los más remotos rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios y de odio para sus compañeros de sufrimiento y de maldiciones con­tra las almas de aquellos que fueron sus cómplices en el pe­cado. Allá en tiempos antiguos había la costumbre de casti­gar al parricida, al hombre que se había atrevido a levantar la mano asesina contra su padre, arrojándole a los profun­dos del mar dentro de un saco en compañía de un gallo, de un mono y de una serpiente. La intención de los legisladores que forjaron la ley, que hoy en nuestros tiempos nos parece cruel, fue la de castigar al criminal con la compañía de aque­llas odiosas y dañinas bestias. Pero, ¿qué valor tiene la furia de aquellos mudos animales comparada con la furia de exe­cración que estalla en los resecos labios del condenado en los infiernos cuando contempla en sus compañeros de sufri­miento, aquellos que le ayudaron en el pecado y le indujeron a él, aquellos cuyas palabras sembraron la primera semilla del mal pensamiento y del mal vivir en su mente, aquellos que con impúdicas sugestiones le llevaron a pecar, aque­llos cuyos ojos le sedujeron y le apartaron del camino de la virtud? Y se vuelven a sus cómplices y les reprochan y los maldicen. Pero ya no tienen socorro ni esperanza: ya es de­masiado tarde para el arrepentimiento.

»Considerad por último el horrible tormento que sufren aquellas almas, las de los tentadores lo mismo que las de los inducidos, en la compañía de los demonios. Los demonios les afligen de dos modos distintos: con su presencia y con sus sarcásticos reproches. No podemos formarnos idea de lo horribles que los demonios son. Santa Catalina de Siena vio una vez uno, y ha dejado escrito que mejor que volver a ver, aunque sea por un solo instante, un monstruo tan espanto­so, preferiría estar marchando toda su vida sobre un rastro de carbones encendidos. Porque los diablos, que antes fue­ron ángeles hermosísimos, se convirtieron en monstruos tan horrendos y repugnantes cuanto primero bellos. Los diablos befan y escarnecen a las almas condenadas, empuja­das por ellos a la ruina. Son ellos, los protervos demonios, los que hacen en el infierno el papel de la voz de la concien­cia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué prestaste oídos a las tenta­ciones de los amigos? ¿Por qué te apartaste de las prácticas piadosas y de las buenas obras? ¿Por qué no evitaste las oca­siones de pecar? ¿Por qué no abandonaste aquella mala com­pañía? ¿Por qué no abandonaste aquella lasciva costumbre, aquel hábito impuro? ¿Por qué no seguiste los consejos de tu confesor? ¿Por qué, después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima, por qué no te apartaste del mal camino y te volviste a Dios, que sólo esperaba tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora ya ha pasado el tiempo del arrepentimien­to. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero ya no lo habrá jamás! ¡Tiempo hubo para pecar en secreto, para regodearte en la pereza y el orgullo, para ambicionar lo ilegítimo, para entre­garse a los más bajos ímpetus de tu naturaleza, para vivir como las bestias del campo, ¡qué digo!, peor que las bestias del campo, pues ellas por lo menos son simples brutos y no tienen razón que las guíe. ¡Hubo tiempo, pero ya no lo habrá jamás! Dios te habló muchas veces…, ¡pero no le quisiste oír! No querías arrojar aquel orgullo y aquella cólera de tu cora­zón, no querías devolver aquellos bienes mal adquiridos, no querías obedecer los preceptos de tu Santa Madre la Iglesia, no querías cumplir con tus deberes religiosos, no querías abandonar aquellas malvadas compañías, no querías evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de aquellos diabólicos atormentadores: palabras de vituperio y de re­proche, de odio y de repulsión. ¡De repulsión, sí! Porque hasta ellos, los mismos demonios, pecaron sólo tal como era posible a sus angélicas naturalezas, sólo por la rebelión de la inteligencia; y ellos, hasta ellos mismos, se vuelven, asquea­dos y repelidos, al contemplar aquellos innombrables peca­dos, con los cuales el hombre ultraja y mancilla el templo del Espíritu Santo, se mancilla y se empuerca a sí mismo.

»¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que nos esté destinado el oír este lenguaje! ¡Que no nos esté destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola alma de las que ahora están en esta capilla pueda hallarse entre los miserables seres a los cuales el Gran Juez ha de mandar apartarse para siempre de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus oídos la espantosa sentencia de condenación: ¡Apartaos de mí, malditos, id al fuego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles!

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