CELSO Y ORÍGENES 

EL DISCURSO VERDADERO

CONTRA CELSO

CELSO:

Hay una raza nueva de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, asociados entre sí contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente cubiertos de infamia, pero auto-glorificándose con la común execración: son los Cristianos.

Mientras las sociedades autorizadas y organizaciones tradicionales se reúnen abiertamente y a la luz del día, ellos mantienen reuniones secretas e ilícitas para enseñar y practicar sus doctrinas. Se unen entre sí por un compromiso más sagrado que un juramento y así quedan confabulados para conspirar con más seguridad contra las leyes y así resistir más fácilmente a los peligros y a los suplicios que les amenazan.

ORÍGENES:

El primer capítulo con que Celso quiere calumniar * al cristianismo es que los cristianos forman entre sí asociaciones secretas, contra la ley; pues “de las asociaciones, dice, unas son públicas y se forman conforme a la ley; otras, secretas, que van contra lo legislado”. Y quiere calumniar el amor de unos con otros, como lo llaman los cristianos, que, según él, “provendría del común peligro y es más fuerte que todo juramento” . Ya, pues, que canta y discanta sobre la ley común y contra ésta afirma ser las asociaciones de los cristianos, respondamos a este punto. Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y no tuviera posibilidad de escapar, sino que se viera obligado a vivir entre ellos, con razón formaría por amor de la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquéllos tienen por ley; y así, ante el tribunal de la verdad, las leyes de los gentiles acerca de las estatuas y del impío politeísmo son leyes de escitas y, si cabe, más impías que de escitas. No es, consiguientemente, contra razón formar asociaciones que van contra la ley, pero son en favor de la verdad. Si unos cuantos se conjuraran secretamente para matar al tirano que se apoderó de la ciudad, obrarían lícitamente; así, ni más ni menos, los cristianos, cuando el que llaman ellos el diablo y la mentira lo tiranizan todo, forman asociaciones contra el diablo, contraviniendo la ley del diablo, y las forman para salud de otros a quienes puedan persuadir que se aparten de la ley como de escitas y tiránica.

CELSO:

Su doctrina tiene un origen bárbaro. No es que pensemos imputárselo como una falta o un
delito: los Bárbaros, ciertamente, son capaces de inventar dogmas; pero la sabiduría bárbara vale poco en sí misma, si no la corrige, depura y ultima el logos o la razón griega, de la cual Roma se siente heredera.

ORÍGENES:

Luego dice que nuestra doctrina es, desde sus orígenes, “bárbara”, aludiendo evidentemente al judaismo, del que depende el cristianismo. Y denota inteligencia al no recriminar a nuestra doctrina sus orígenes bárbaros, antes alaba a los bárbaros como capaces de inventar teorías ; siquiera añada a renglón seguido que “valen más los griegos en orden a juzgar, confirmar y aplicar a la práctica de la virtud lo que inventan los bárbaros”. Ahora bien, de esto que dice Celso resulta para nosotros una defensa de la verdad de lo que se afirma en el cristianismo, y es que, si uno se pasa de las doctrinas y prácticas helénicas al Evangelio, no sólo lo puede juzgar como verdadero , sino, al ponerlo en práctica, lo demostraría, supliendo lo que pudiera faltar a la demostración helénica. Lo cual sería una buena demostración del cristianismo. Pero hemos de decir además que hay otra demostración propia de nuestra doctrina, más divina que la que se toma de la dialéctica griega. Esta demostración más divina la llama el Apóstol la demostración de espíritu y de fuerza (1Co 2.4); de espíritu primeramente, por razón de las profecías capaces de persuadir a quienes las leen, señaladamente en lo que atañen a Cristo; de fuerza, en segundo lugar, por los milagros y prodigios que puede demostrarse haber sucedido, entre otros muchos argumentos, por el hecho de que aún se conservan rastros de ellos entre quienes viven conforme a la voluntad del Logos (cf. I 46; II 8; VII 8).

CELSO:

Los peligros que los cristianos afrontan por sus creencias, supo Sócrates afrontarlos por las suyas con un coraje inabarcable y una serenidad maravillosa.

ORÍGENES:

Luego habla de que “los cristianos practican sus ritos y enseñan sus doctrinas a sombra de tejado” y dice que “no sin razón lo hacen así, pues tratan de eludir la pena de muerte que les amenaza”, y compara ese peligro “con los que hubieron de afrontar los filósofos, por ejemplo, Sócrates”. Y pudiera haber añadido Pitágoras y otros filósofos. A esto hay que decir que, respecto de Sócrates, los atenienses se arrepintieron inmediatamente de su crimen (Dioc. LAERT., II 43) y no le guardaron en adelante ningún resentimiento; y lo mismo respecto de Pitágoras. Por lo menos, los pitagóricos siguieron manteniendo sus escuelas en Italia, en la llamada Magna Grecia. Los cristianos, en cambio, han sido combatidos por el senado romano, por los emperadores que se han ido sucediendo, por el ejército y el pueblo y hasta por los parientes de los fieles, y se hubiera suprimido su doctrina, vencida por tamaña conjura de asechanzas, de no haberla sostenido y levantado una virtud divina, hasta el punto de vencer al mundo entero conjurado contra ella.

CELSO:

Los preceptos de la moral de los cristianos, en lo que contienen de perfección, antes que ellos los enseñaron los filósofos, y especialmente los estoicos y los platónicos. Sus críticas a la idolatría, consistentes en sostener que estatuas marmóreas o broncíneas, hechas por hombres a veces despreciables, no son dioses, fueron antes incontables veces expuestas. Así escribe Heráclito: «Dirigir preces a imágenes, sin saber lo que son los dioses y los héroes, ¡vale tanto como hablar con las piedras.».

ORÍGENES:

En cuanto a la doctrina sobre la idolatría, la presenta como propia de los que siguen al Logos, y hasta la confirma diciendo: “No creen sean dioses lo que es obra de manos, pues no es razonable sea Dios lo que fabrican artífices misérrimos y de malas costumbres, hombres a menudo también inicuos” (cf. III 76). Pero, seguidamente, queriéndola reducir a lugar común y no hallada primeramente por el Logos, aduce el siguiente dicho de Heráclito: “Los que se acercan a cosas sin alma como si fueran dioses, obran como quien se pusiera a charlar con las paredes de su casa” (DIELS, frag.5; cf. in-fra VII 62-65). Ahora bien, también acerca de este punto hay que decir que, por modo semejante al resto de los principios morales, hay ingénitas en los hombres nociones, por las que Heráclito u otro cualquiera de entre griegos o bárbaros supo demostrar esa verdad. Porque todavía trae a cuento a los persas, que piensan lo mismo, alegando a Heredólo que lo narra (1,131). A todo lo cual añadiremos nosotros lo que dice Zenón de Citio en su República: “No hay necesidad alguna de construir templos, pues nada ha de tenerse por sagrado, ni por muy estimable y santo, como sea obra de al-bañiles y artesanos” (Stoic. Vet. frag.1,265). Sigúese, pues, evidentemente que, también acerca de esta doctrina, está escrito en los corazones de los hombres con letras de Dios lo que deben hacer.

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