ORIGEN Y ESENCIA DE LA MASONERÍA    

La idealidad judaica se manifiesta de tres formas diferentes, todas ellas contaminadas del materialismo central de la raza, ritmo del péndulo de la vida que la anima.

  • La primera forma es su patriotismo tradicionalista; y patriotismo tradicionalista, sea de la nación que fuere, es el modo más material del sentimiento de la patria o de la raza.
  • La segunda forma es la especulación cabalística, en que, a pesar de que se pretenda sutilizar, por interpretaciones de tres órdenes, el contenido del Pentateuco, es más que el Pentateuco, nunca se alcanza una verdadera abstracción o una espiritualidad verdadera: material, considerando lo que pretende ser, es además el Nombre Inefable, materiales los Sephiroth, los Arcángeles, los Ángeles y las Esferas Celestes, a través de quienes ven hasta nosotros Su emanación.
  • La tercera forma —no más reciente, sino mas recientemente sensible— es el idealismo social en todos sus modos, desde el igualitarismo hasta el naturalismo, y esa es material por su misma naturaleza.

Acusan a los cabalistas, de cuya sinceridad original no se duda de, primero, a través de la Rosacruz, haber creado la Masonería, Orden supuestamente anticristiana, y de, más tarde, por diversas vías, haberse infiltrado en ella, para, presumiblemente, contrariar y vencer las expansiones Cristiana y templaria que se manifestaron, después de la Oración de Ramsay, en la creación de los Altos Grados y sobre todo en la Stricta Observancia de Von Hund[5] o de sus Superiores Incógnitos. Y acusan a la masonería de haber provocado la Revolución Francesa y a los judíos de haber provocado la Revolución Rusa.

Antes que nada, entendámonos bien sobre cuál es la materia de la que se esta tratando. Se trata del idealismo judaico y de la sinceridad o no sinceridad; no se trata de la acción política de los judíos. Esa es evidente y natural; se ha aprovechado, no sólo de la Masonería y de la ideología igualitaria, sino de todo lo que, de origen judío o no judío, pueda de hecho, debidamente utilizado, servir para disolver la civilización tradicional, greco-romana y cristiana, de Europa y del mundo europeizado. Y legítimamente se ha aprovechado, pues a los judíos les cabe los mismos derechos que a los otros pueblos: el derecho de defensa y el derecho de imperio: el primero en absoluto, el segundo se lo concedemos a los otros.

Ni fueron los judíos o la Masonería, o cualquier otra fuerza extraña, lo que provocó o podría provocar la Revolución Francesa, o la Revolución Rusa, o cualquier otra verdadera Revolución. Las revoluciones son provocadas por el Poder tiránico que las transforma, pasado cierto punto, en inevitables. Fue la tiranía del Antiguo Régimen lo que hizo la Revolución Francesa. Fue la tiranía del Zarismo lo que hizo la Revolución Rusa.

Las fuerzas extrañas no hicieron más que aprovecharse, conforme pudieron, de la materia social incoordinada en que las tiranías, después de las revoluciones que provocaron, dejaron los pueblos que regían.

El problema de los orígenes de la Masonería y sobre todo del Grado de Maestro, que es su punto de apoyo, es confuso y oscuro en última instancia: nadie, fuera o dentro de la Orden, se puede enorgullecer de haber encontrado para él una solución, simple o compuesta, que satisfaga sino a quien la dio. Una cosa sin embargo se puede afirmar: la Masonería no es una Orden judaica, y el contenido de los grados fundamentales que vulgarmente llaman simbólicos, no es judaico en espíritu, sino sólo en forma. Si se quisiere dar un nombre de origen a la Masonería, lo máximo que se podrá decir es que ella es, en cuanto a la composición de los grados simbólicos, plausiblemente un producto del protestantismo liberal y en cuanto a la redacción de ellos, ciertamente un producto del siglo dieciocho inglés, en toda su chatura y banalidad. El cuadro judaico de los tres grados y el escenario judaico del drama del Tercero pueden ser considerados naturales en una tierra y en un tiempo protestantes. El protestantismo fue, precisamente, la emergencia, dentro de la religión cristiana, de los elementos judaicos, en perjuicio de los greco-romanos; por eso se sirvió siempre abundantemente de citas, tipos y figuras extraídas del Viejo Testamento. Pero nadie cree o dice que la Reforma, se piense de ella lo que se piense, fuese un movimiento judaico.

Aparte de esto, los dos primeros grados masónicos, no conducen definitivamente a ningún lugar; y el gran misterio del Grado de Maestro —que es, por así decir, la Rosa de toda la Cruz Masónica— es un símbolo vital pero abstracto, que cada cual puede interpretar en el sentido que quiera. Y así de hecho se ha interpretado —a él y a la parte simbólica de los otros dos— a través del vasto esquema divagativo de los Altos Grados y de los Grados Velados: estos, no obstante, ya fuera y más allá de la Masonería. Todo, desde el catolicismo al ateísmo, se ha reflejado en esos grados interpretativos. Si hay Altos Grados que son nítida y materialmente cabalísticos, y hasta anticristianos, también los hay que son espirituales o cristianos, desde el sobregrado del [Suprema Orden del] Sacro Real Arco hasta aquel grado crítico en que Hiran es erigido como Cristo. Sucede, inclusive, que el mismo grado del mismo rito puede tener contenidos diferentes bajo diferentes Obediencias: así es que el Grado 18, propiamente Príncipe Rosacruz, del Rito Escocés, es «filosófico» en América (después de la revisión de Pike), menos «filosófico» que en la Masonería francesa y en sus congéneres, pero plenamente cristiano (como además no podría dejar de serlo) bajo las Magnas Obediencias británicas. En resumen, todo y nada se ha reflejado en la Masonería: nada en los escalones simbólicos que de por sí no se explican; todo en los Altos Grados y en los Grados Velados, donde cada fabricante de ritos, de católico a ateo, dejo el rastro de sus prejuicios y de sus preocupaciones. Más en resumen aún; la Masonería es, en sus bases, insuficientemente dogmática y definida para que de su contenido se pueda afirmar esto o aquello, judaísmo u otra cosa cualquiera.

La presencia de elementos cabalísticos en los grados simbólicos, afirmada por algunos con vislumbres de razón, tampoco prueba el origen judaico de la Masonería. Cuando la masonería emergió y se constituyó declaradamente, en sus grados fundamentales, ya desde hacía mucho la Cábala tenía intérpretes no judíos y por ellos fue cristianizada, para lo que, además, eminentemente se prestaba. La presencia de elementos cabalísticos en la masonería no prueba, pues, un origen judío. Por lo demás, esos elementos cabalísticos se resumen en dos: el sentido simbólico del Templo de Salomón, y la Palabra Perdida[6]. El sentido simbólico del Primer Templo puede ser en la masonería de origen templario, y por lo tanto cristiano, pues la Orden del Templo lo era «Del Templo de Salomón», y no se saben bien los pormenores de la iniciación secreta de esa Orden. En cuanto a la Palabra Perdida del Grado de Maestro, si de hecho se recuerda el Nombre Perdido del cabalismo judaico, no es necesariamente de la misma naturaleza. Se sabe en qué consiste la esencia del Nombre Perdido de los cabalistas; no se sabe (por) qué especie de Palabra es que el Maestro murió para no revelar. La mayor autoridad masónica de hoy interpreta la Palabra Perdida de un modo nítidamente no judaico: Verbum Christus est, dice.

Lo que acaba de decirse de la masonería, con mayor razón se puede decir de los Rosacruces, que, mezclados en la antecámara de su vida emblemática, bien puede ser que la hubiesen fundado, o contribuido para su fundación, como sistema especulativo. La Gran Fraternidad es cristiana en su nombre, cristiana en sus dos Magnos Símbolos, cristiana y católica (aunque no romana) en su dedicaciones. Los Rosa-Cruces eran, es cierto, cabalistas, como eran, en dos sentidos, alquimistas; pero cabalistas cristianos, como eran (sobre todo) alquimistas espirituales. Como varios otros, se aprovecharon de la Cábala y le dieron un sentido y un complemento cristianos, por eso con más razón se podrían quejar los judíos de que los Hermanos se habían servido de la Cábala para fines antijudaicos, y no los cristianos de que ellos [los judíos] habían introducido la Cábala en la sustancia del cristianismo, donde, además, desde el Cuarto Evangelio, ya toda el alma de ella existía. Se añade, en cuanto a la Rosacruz, que los grandes expositores de ella, desde antes de su aparición hasta nuestros días, han sido declaradamente místicos cristianos, y, además, que el voto de castidad absoluta, al que (por motivos que nada tienen de virtuosos) la Fraternidad obligaba al candidato, es la cosa menos judaica, a pesar de «cabalística», que se puede concebir.

 Fuente: Fernando  Pessoa   Escritos sobre ocultismo y masonería

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