Montesquieu- ¿Qué?

Maquiavelo– Podría provocar en el seno de la Iglesia un cisma que rompiera todos los vínculos que mantienen al clero unido a la corte de Roma, porque allí está el nudo gordiano. Haría hablar a mi prensa, a mis publicistas, a mis políticos en el siguiente lenguaje: “El cristianismo es independiente del catolicismo; lo que el catolicismo prohíbe, el cristianismo lo permite;  la independencia del clero, su sumisión a la corte de Roma, son dogmas puramente católicos; semejante orden de cosas constituye una perpetua amenaza contra la seguridad del Estado.

Los fieles del reino no deben tener por jefe espiritual a un príncipe extranjero; esto equivaldría a abandonar el orden interno al albedrío de una potencia que en cualquier momento puede ser hostil; esta jerarquía medieval, esta tutela de los pueblos niños no puede ya conciliarse con el genio viril de la civilización moderna, con sus luces y su independencia. ¿Por qué ir a Roma en busca de un director espiritual? ¿Por qué el jefe de la autoridad política no puede ser al mismo tiempo el jefe de la autoridad religiosa? ¿Por qué el soberano no puede ser pontífice?”. Tal el lenguaje que se podría hacer hablar a la prensa, sobre todo la prensa liberal, y es muy probable que la masa del pueblo la escuchase con júbilo.

Montesquieu- Si vos mismo pudierais creerlo y si osarais tentar tamaña empresa, muy pronto aprenderíais, y de una manera sin duda terrible, hasta dónde llega el poderío del catolicismo, aun en aquellas naciones donde parece estar debilitado. (El Espíritu de las Leyes, capítulo XII)

 Maquiavelo– ¡Tentarla, Dios misericordioso! Si solo pido perdón, de rodillas, a nuestro divino Maestro, por haber siquiera expuesto esta doctrina sacrílega, inspirada por el odio al catolicismo; sin embargo Dios, que ha instituido el poder humano, no le prohíbe defenderse de las maniobras del clero, que por demás infringe los preceptos del Evangelio cuando peca de insubordinación hacia el príncipe. Bien sé que solo conspirará por medio de una influencia inasible, pero sabré encontrar el medio de detener, aun en el seno de la corte de Roma, la intención que dirige la influencia.

Montesquieu- ¿De qué manera?

 Maquiavelo– Me bastará señalar con el dedo a la Santa Sede el estado moral de mi pueblo, tembloroso bajo el yugo de la Iglesia, anhelando romperlo, capaz de desmembrarse a su vez del seno de la unidad católica, de lanzarse al cisma de la Iglesia griega o protestante.

Montesquieu- ¡En lugar de la acción, la amenaza!

 Maquiavelo– ¡Cuán equivocado estáis, Montesquieu, y hasta qué punto desconocéis mi espeto por el trono pontificio! El único papel que aspiro a desempeñar, la única misión que me corresponde a mí, soberano católico, sería precisamente la de ser el defensor de la Iglesia. En los tiempos que corren, bien lo sabéis, el poder temporal se halla gravemente amenazado por el odio irreligioso y por la ambición de los países del norte de Italia. Diría, pues, al Santo Padre: Os sostendré contra todos ellos, os salvaré, es mi deber, es mi misión, pero al menos no me ataquéis, sostenedme vos a mí con vuestra influencia moral. ¿Sería acaso demasiado pedir cuando yo mismo arriesgaría mi popularidad al erigirme en defensor del poder temporal, ay, tan desprestigiado hoy en día a los ojos de la llamada democracia europea? Mas este peligro no me arrendrará; no solo pondré en jaque cualquier maquinación, de parte de los Estados vecinos, contra la soberanía de la Santa Sede, sino que si, por desgracia, fuese atacada, si el papa llegase a ser expulsado de los Estados pontificios, como ha acontecido ya, mis solas bayonetas volverán a conducirlo a su sitial en él lo mantendrán por siempre, mientras yo viva.

Montesquieu- Sería, en verdad, un golpe magistral, pues si tuvieseis en Roma una guardia permanente, dispondríais casi de la Santa Sede como si estuviera en una provincia de vuestro reino.

 Maquiavelo– ¿Creéis que después de haberle prestado tamaño servicio, el papado se rehusaría a apoyar mi poder, que, llegado el caso, el papa en persona se negaría a venir a consagrarme en mi catedral? ¿Acaso no se han visto en la historia ejemplos semejantes?

Montesquieu- Si, de todo se ve en la historia. Empero, ¿qué haríais si, en lugar de encontrar en el púlpito de San Pedro un Borgia o un Dubois, como al parecer esperáis, tuvieseis que enfrentar un papa que resistiera a vuestras intrigas y desafiara vuestra cólera?

 Maquiavelo– Habría, entonces, que tomar una determinación: so pretexto de defender al poder temporal, decidiría su caída.

Montesquieu- ¡Tenéis lo que se dice genio!


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