Creo que fue en Worms, donde vivía un judío que tenía una bella hija. Un joven clérigo que vivía en las cercanías se enamoró de ella, tuvo éxito y la embarazó. Sus casas estaban muy próximas; a menudo podía acercarse sin que lo advirtieran y hablar a voluntad con la muchacha. Al darse ella cuenta de que estaba encinta, le dijo al joven:

—Estoy encinta, ¿qué he de hacer? Si mi padre lo advierte, me matará.

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—No temas —replicó él—, ya te ayudaré. Si tu padre o tu madre te dicen: «¿Qué pasa, hija? Tu vientre está hinchándose; parece que estás embarazada», entonces contéstales: «No sé nada de ello; sé que soy virgen y que no he tenido relación con ningún hombre.» Pienso que les convenceré para que te crean.

Luego pensó detenidamente cómo poder ayudar a la joven, e ideó el siguiente engaño. En una noche serena tendió una caña hasta la ventana de la pieza en la que sabía estaban durmiendo los padres, y habló a través de la caña las siguientes palabras:

—¡Alegraos, justos y favoritos de Dios! Vuestra hija virgen ha concebido un hijo que será el redentor de vuestro pueblo Israel.

Luego retiró la caña un poco. El judío, que se despertó con esas palabras, despertó también a su mujer y le dijo:

—¿No has oído lo que nos decía la voz celestial?

La mujer contestó que no, a lo cual él prosiguió:

—Recemos, para que también a ti te honren con aquella voz.

Mientras oraban, el clérigo estaba parado al lado de la ventana y escuchaba atentamente lo que decían. Después de un rato repitió sus palabras anteriores y agregó:

—Debéis honrar mucho a vuestra hija y tratarla con esmero, y cuidar devotamente al niñito que ha de parir la Inmaculada; pues será el Mesías que tanto esperáis.

Los judíos estaban jubilosos, ahora seguros de la revelación repetida, y apenas podían aguardar a la mañana. Luego contemplaron a su hija, cuyo vientre comenzaba a redondearse un poco, y le dijeron:

—Dinos, hija, ¿de quién estás embarazada?

Ella contestó según las instrucciones. Los padres apenas podían contener su alegría y no pudieron ocultarles a sus parientes lo que el ángel les había dicho. Estos a su vez siguieron contándolo, y en toda la ciudad se difundió la noticia de que esta virgen pariría al Mesías. Cuando se acercó el momento del parto, muchos judíos confluyeron a la casa, ávidos de ser agraciados por el nacimiento del Largamente Esperado. Pero Dios el Justo convirtió la vana esperanza de sus enemigos en ilusión, su alegría en tristeza, su ambición en turbación. Y eso estaba muy bien. Aquellos, cuyos padres, junto con Herodes, no supieron a qué atenerse ante el nacimiento redentor del Hijo de Dios, merecían que hoy día se les engañara con semejante fantasmagoría. ¿Qué más? Llegó la hora difícil para la pobre joven y con ella, como sucede con las mujeres, los dolores, suspiros y gritos. Por fin dio a luz, pero no al Mesías, sino a una hijita.

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