El sol ya estaba alto en el cielo y la arena ardiente nos quemaba los pies. Nos pusimos a cantar para olvidar nuestros sufrimientos. De cuando en cuando, Francisco se detenía y me apretaba el brazo.

—Tengo hambre —dije, incapaz de resistir.

—Paciencia, hijo mío. Mira, los minaretes aumentan de tamaño; nos acercamos… Y tranquilízate: cuando el sultán nos vea, ordenará que pongan los platos en el horno…

Mientras hablábamos, oímos gritos salvajes y dos negros se interpusieron ante nosotros llevando las espadas desenvainadas.

—¡Soldan, Soldan! —gritaba Francisco, señalando los minaretes.

Después de golpearnos, los negros nos llevaron ante el sultán y nos arrojaron a sus pies. Ya era de noche. El soberano conocía nuestra lengua. Al vernos, se echó a reír.

—¿Quiénes sois, monjes? —preguntó empujándonos con el pie—. ¿Por qué habéis venido a meteros en la boca del león? ¿Qué queréis?

Era un hermoso hombre, de barba negra y rizada, nariz fina y ligeramente aquilina, ojos de un negro profundo. Llevaba un ancho turbante verde, adornado con una media luna de coral. De pie, a su lado, estaba el verdugo, un negro gigantesco armado de un yatagán.

—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? —volvió a preguntar—. ¡Vamos, poneos en pie!

Nos levantamos. Francisco se persignó.

—Somos cristianos —dijo— y Cristo, que tiene piedad de ti, ilustre sultán, nos ha enviado para salvar tu alma.

—¡Para salvar mi alma! —exclamó el sultán, conteniendo apenas su risa—. Decidme cómo, monjes.

—Mediante la Pobreza perfecta, el Amor perfecto y la Castidad perfecta, noble sultán.

El sultán abrió los ojos.

—¿Estás loco? —gritó—. ¿Qué historias son ésas? Entonces, por lo que dices, debo abandonar mis riquezas, mis palacios y mis mujeres. para convertirme en un andrajoso como tú, para mendigar de puerta en puerta… ¿Sin volver a tocar a una mujer? Pero entonces, ¿para qué nos dio el Señor esta llave que abre su vientre? ¿Quieres que me vuelva eunuco?

—La mujer es… —empezó Francisco.

Pero el sultán levantó la mano, estremeciéndose de cólera.

—¡Cállate, no digas mal de la mujer o te haré cortar la lengua! ¡Piensa en tu madre, en tu hermana, si la tienes, y más aún, ya que eres cristiano, piensa en Maria, la madre de Cristo!

Francisco bajó la cabeza sin responder.

—¿Quieres explicarme qué significa eso de Amor perfecto? —dijo el sultán haciendo señas al verdugo para que se acercara.

—Significa amar a nuestros enemigos, señor sultán.

—Amar a nuestros enemigos!

El sultán se echó a reír una vez más. Después, dirigiéndose al verdugo, dijo:

—Envaina tu yatagán, son locos, los pobres. no los matemos…

Se volvió hacia Francisco y su voz se hizo más tierna, como si hablara a un enfermo:

—¿Cómo es vuestro Paraíso, cristianos? —preguntó—. Veamos si me conviene.

—Está lleno de ángeles y sobre todo está Dios.

—¿Qué se come allá? ¿Qué se bebe? ¿A quién se abraza?

—No blasfemes; en el Paraíso no se come y no se bebe. Sólo hay espíritus.

El sultán volvió a reírse

—¿Espíritus? Viento, en suma. Prefiero mil veces nuestro Paraíso, donde hay montañas de pilaf, ríos de miel y de leche y hermosas muchachas que vuelven a ser vírgenes después de cada abrazo. No soy loco, monje, para elegir vuestro Paraíso. ¡Déjame en paz!

Francisco se enfadó. Olvidando dónde se encontraba y que el sultán, con un ademán, podía hacerle cortar la cabeza, se puso a predicar sin temor, hablando de los sufrimientos de Cristo, de la Resurrección, del Juicio Final y hasta del Infierno, donde, durante siglos, arderán los infieles. La palabra de Dios le exaltaba a tal punto que se puso a batir palmas y a bailar. Reía, silbaba, cantaba y no dudo que en ese instante llegó a perder la razón. El sultán también reía y le alentaba con sus aplausos.

—Te doy mi bendición, monje —dijo el sultán—. No me he reído así en mucho tiempo… Ahora quédate quieto, tengo algo que decirte. Mi profeta amaba los perfumes, las mujeres y las flores. Había en su cinto un espejuelo y un peine para peinarse. Y además le gustaban particularmente los atavíos hermosos. El vuestro, según dicen, descalzo, sucio, con el pelo desordenado, y su única túnica estaba hecha mil remiendos. Hasta se dice que cada uno de esos remiendos estaba hecho con limosna de un pobre. ¿Es cierto?

¡Es cierto! ¡Tomó sobre sí el dolor de los pobres de toda la tierra! —exclamó Francisco, transportado.

El sultán se acarició la barba, tomó un espejillo de su cinto y se alisó el bigote. Después tomó un largo shibuk con boquilla de ámbar y un mancebo fue a encendérselo. Después de aspirar unas cuantas bocanadas, cerró los ojos con tranquila beatitud. Francisco se volvió hacia mí y me dijo calladamente:

—Este es un buen momento para morir. ¿Estás dispuesto? Oigo que las puertas del Paraíso se abren.

—¿Por qué morir, hermano Francisco? —le dije—. Espera un poco..

El sultán abrió los ojos.

Mahoma no era solamente un profeta —dijo—, sino también un hombre. Quería todo lo que un hombre puede querer y odiaba todo lo que un hombre puede odiar. Por eso le venero y procuro parecerme a él… Vuestro profeta era de piedra y de espíritu. No me conviene…

Se dirigió mi:

—¿Y tú, monje, no dices nada? ¡Di algo, quiero oír tu voz!

—¡Tengo hambre! —grité.

El sultán se echó a reír. Golpeó las manos y aparecieron los dos negros que nos habían llevado.

—Dadles de comer —dijo—. Sacad un plato del horno. Y después. dejadles partir, que se reúnan con sus correligionarios. Son locos, los desdichados, y les debemos respeto.

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