Papa Inocencio III tiene un sueño de San Francisco de Asís soportando la Iglesia inclinada (atribuida a Giotto)


—Está muy lejos y muy alto el rostro del Papa —me respondió Francisco—. Hace tres días que llegamos. Mañana le veremos, sin duda. He tenido un sueño. ¡Paciencia, hermano León!

En efecto, al cuarto día el portero nos llamó. Francisco se persignó y vaciló un instante. Vi flaquear sus rodillas.

—Valor, hermano Francisco —le dije en voz baja—. Es Cristo quien te envía, no lo olvides. No tiembles.

—No tiemblo —murmuró franqueando el umbral resueltamente.

Una larga sala estrecha y resplandeciente de oro. En las paredes. cuadros que representaban la pasión de Cristo; a derecha e izquierda, estatuas de los doce apóstoles.

Al fondo, sobre un trono elevado, un imponente anciano, la cabeza apoyada en su mano, los ojos cerrados, la frente cavilosa.

No nos oyó, sin duda, porque permaneció inmóvil cuando entramos. Me detuve a algunos pasos de la puerta. Francisco siguió avanzando. Temblaba. Se acercó al trono se arrodilló y apoyó la frente contra el suelo. Reinaba un gran silencio. Se oía la respiración del anciano, profunda y angustiada. ¿Dormía, rezaba, o nos observaba con sus ojos semicerrados? Me pareció más bien que fingía dormir, como una fiera en acecho, y que estaba a punto de arrojarse sobre nosotros.

—Santo Padre… —dijo Francisco con voz muy baja y suplicante—, Santo Padre…

El Papa alzó lentamente la cabeza, miró hacia el suelo y le vio. Su nariz se estremeció:

—¡Qué hedor! —exclamó, agitando las cejas—. ¿Qué son esos harapos, esa miseria? ¿Quién eres?

Siempre con el rostro contra el suelo, Francisco respondió:

—Un humilde servidor de Dios nacido en Asís, Santo Padre.

—¿De qué pocilga sales? ¿Crees que ése es el olor del Paraíso? ¿No te has lavado ni vestido para mostrarte a mí? ¿Qué quieres?

Durante sus noches de insomnio, Francisco había preparado lo que diría al Papa.

Cuidadosamente elaborado en su espíritu, su discurso comprendía una introducción, un desarrollo y un fin. El Papa no debía tomarlo por un simple. Pero en presencia de la sombra de Dios, perdió la cabeza. Abrió la boca dos o tres veces, pero ningún sonido partió de ella. Sólo se oyó una especie de balido. El Papa frunció el ceño.

—¿No puedes hablar? ¡Habla, di qué quieres!

—He venido a arrojarme a tus pies, Santo Padre, y a pedirte una gracia…

—¿Qué gracia?

—Un privilegio…

—¿Un privilegio? ¿Tú? ¿Cuál?

—¡El privilegio de la perfecta Pobreza, Santo Padre!

—¡Eres bastante exigente!

—Somos varios hermanos que queremos desposar a la Pobreza. Te pedimos que bendigas nuestras bodas, Santo Padre, y nos des el derecho a predicar.

—¿De predicar qué?…

—La perfecta Pobreza, la perfecta Obediencia, el perfecto Amor.

—Esas virtudes las predicamos nosotros mismos. No necesitamos de vosotros. ¡Vamos, retírate!

Francisco se irguió bruscamente:

—Santo Padre, perdóname, pero debo quedarme —dijo con voz súbitamente firme—. Dios me ha ordenado que venga a verte y he venido. Suplico a tu Santidad que me escuches. Somos pobres, harapientos, ignorantes. En la calle, cuando pasamos, nos arrojan piedras y verduras podridas. Las gentes salen de sus casas y los artesanos de sus talleres para gritarnos… Así empieza, alabado sea el Señor, el camino que hemos elegido. ¿No ocurre lo mismo con toda gran Esperanza sobre la tierra? Creemos en la Pobreza, en la Ignorancia; tenemos fe en nuestros corazones ardientes de esperanza.

»Cuando partí para acudir a ti. Santo Padre, todo lo que quería decirte para inducirte a aprobar nuestra Regla estaba bien grabado en mi mente. Pero ahora lo he olvidado todo. Te miro, y detrás de ti veo el crucifijo; detrás del crucifijo veo la Resurrección de Cristo, y detrás de la Resurrección de Cristo, la Resurrección del mundo. ¡Qué alegría habrá entonces, Santo Padre! ¡Cómo no confundirse! He aquí que me he confundido y no sé ya cómo empezar mi humilde discurso, cómo seguirlo y cómo terminarlo.

»Pero ¿qué importa? Todo está contenido en un suspiro, en un paso de danza, en un grito sin esperanza, o lleno de esperanza… Ah, si me lo permitieras… te diría cantando lo que tengo que pedirte.

Desde el rincón donde me encontraba escuchaba yo a Francisco temblando y miraba sus pies, que se movían con impaciencia. Esbozaba un paso a la derecha, después otro a la izquierda, como los buenos bailarines que empiezan muy suavemente, casi en secreto, antes de lanzarse en el torbellino del baile. El espíritu de Dios le trastornaba la mente, sin duda. Pronto batiría palmas y se pondría a bailar…

Como lo esperaba, Francisco levantó los brazos y exclamó:

—Santo Padre, me han dado ganas, aunque te disguste, de lanzar un gran grito y de ponerme a bailar. ¡El viento de Dios sopla a mi alrededor y me arrastra como una hoja muerta!

Me acerqué en silencio:

—Francisco. hermano mío, estás frente al Papa… ¡Debes mostrar más respeto!

—Me encuentro ante Dios —respondió en voz alta—. ¿Cómo quieres que llegue hasta Él, sino bailando y cantando? ¡Déjame!

Inclinó la cabeza, separó los brazos, adelantó un pie, después otro, dobló las rodillas, tomó impulso y saltó. Así, con los brazos abiertos, parecía un Cristo danzante.

Me arrojé a los pies del Papa.

—Santo Padre, perdónale. Está ebrio de Dios y ya no sabe dónde está. Siempre baila cuando reza.

El Papa bajó de su trono precipitadamente, reteniendo su cólera. Tomó a Francisco del hombro y gritó:

—Basta! Dios no es vino para embriagarse. Y para bailar hay tabernas…

Francisco se detuvo jadeante. Se apoyó contra la pared y mirando a su alrededor, se calmó.

—¡Vete! —ordenó el Papa, tomando la campanilla que le servia para llamar al portero.

Pero Francisco. por fin recobrado, se acercó de nuevo.

—Ten paciencia, Santo Padre. Quiero partir, pero no debo. Tengo que hablarte. Ayer. por la noche, tuve un sueño…

—¿Un sueño? Tengo grandes preocupaciones, monje, llevo el mundo sobre los hombros, no tengo tiempo de escuchar sueños.

—Me prosterno ante tu Santidad. ese sueño es acaso un mensaje del cielo. La noche es la enviada de Dios. Dígnate escucharme.

—La noche es la gran mensajera de Dios… Es cierto. ¡Habla! —dijo el Papa, sentándose en su trono con aire preocupado.

—Yo estaba sobre una roca escarpada, Santo Padre, mirando la iglesia de Letrán, que es la madre de todas las iglesias de la cristiandad. Y mientras la miraba, vi de pronto que vacilaba. Su cúspide se inclinó y sus paredes se hendieron de arriba abajo.

Entonces oí una voz que decía: «¡Ayuda. Francisco!…»

El Papa empuñó los brazos de su trono, se inclinó hacia adelante como para tomar impulso antes de precipitarse sobre Francisco. Su voz sonó ronca, jadeante:

—¿Y después? ¿Después? ¡No te detengas!

—Eso es todo, Santo Padre, no vi nada más. Desperté y mi sueño acabó.

De un salto el Papa bajó de su trono. Se inclinó y asió a Francisco por la nuca.

—No ocultes tu cara, quiero verla —ordeno.

—Tengo vergüenza. Santo Padre, no soy más que un gusano de tierra…

—Quítate la capucha y levanta la cabeza —volvió a ordenar el Papa.

Un rayo de sol entró por la ventana y se posó sobre el rostro de Francisco, iluminando sus mejillas marchitas, su boca amarga y sus grandes ojos henchidos de lágrimas.

El Papa lanzó un grito:

—¿Conque eres tú? ¡No! ¡No puedo admitirlo! ¿Cuándo has tenido ese sueño?

—Hoy, al alba…

—También yo —rugió el Papa—, también yo he tenido ese sueño, al alba…

Se dirigió hacia la ventana y la abrió, porque se ahogaba. El rumor de la ciudad entró en la sala. Cerró la ventana. Después se dirigió a Francisco:

—¿Has visto alguna vez a Dios? —le gritó furioso y desdeñoso.

—Perdóname, Santo Padre. Sí, lo he visto ayer, por la mañana.

—¿Te ha hablado?

—Hemos estado juntos toda la noche, pero no hemos hablado. De cuando en cuando, yo decía apenas: «¡Padre!», y Él me respondía: «¡Hijo mio!» Eso ha sido todo…

Inclinado sobre Francisco, el Papa escrutaba su rostro con inquietud.

—Los deseos del Altísimo son insondables… —dijo—. ¡Insondables! Hoy, al alba, después de dejarte, monje, tu sueño ha venido hasta mi… También yo he visto vacilar a la Iglesia. Pero también he visto otra cosa. Un monje harapiento, de fea cara…

Su respiración se hizo dificultosa y tuvo que callar.

—¡No! —rugió poco después—. ¡Es una vergüenza! ¡Conque el Papa ya no basta! Pero ¿no soy el guardián de las llaves del cielo y de la tierra? Señor, ¿por qué eres tan injusto conmigo? ¿No expulsé a los cátaros hasta reimplantar la fe en Provenza? ¿No exterminé la ciudad de Constantino, ese avispero maldito? ¿No transporté hasta tu corte sus fabulosas riquezas: oro, dalmáticas, iconos, manuscritos, esclavos?… ¿No clavé la cruz sobre todas las fortalezas de Italia? ¿No hago lo posible para que la cristiandad se levante y libere el Santo Sepulcro? Entonces, ¿por qué no me has llamado a mí en vez de enviar a un monje andrajoso y repulsivo para sostener las paredes agrietadas de la Iglesia?

Por segunda vez el Papa asió a Francisco por la nuca, lo arrastró hasta la ventana, a la luz, le volvió la cabeza y dijo, inclinándose sobre él, anheloso:

—¿Serás tú, acaso? ¡El monje de mi sueño tiene tu cara! ¿Eres tú el que salvará a la Iglesia? ¡No puedo admitirlo, Señor! ¡Soy Tu sombra sobre la tierra, no me hagas esta afrenta!

Sacudió brutalmente la cabeza de Francisco y señalando la puerta ordenó:

—¡Vete!

—Santo Padre —dijo Francisco—, una voz me ordena permanecer.

—¿Es la voz de Satanás, rebelde?

—Es la voz de Cristo, Santo Padre, la reconozco. Me ordena: ¡No partas! Abre tu corazón a mi representante sobre la tierra. Su misericordia es infinita, tendrá piedad de ti.

El Papa bajó los ojos y, lentamente, fue a sentarse en su trono. Sobre su cabeza, pintados en el alto dosel, brillaban dos llaves inmensas, una de oro y otra de plata.

—Habla —dijo con voz más suave—, todavía no puedo juzgar. ¿Qué quieres? Te escucho.

—No sé qué decir, Santo Padre. No sé por dónde empezar y cómo abrirte mi corazón. Soy el juglar de Dios, salto, bailo y canto para llevar la sonrisa a los labios del Señor, siquiera por un instante. No sé nada más, no soy capaz de otra cosa. Dame permiso, Santo Padre, para bailar y cantar en las ciudades y las aldeas. Dame el derecho de vestir harapos y andar descalzo y de no tener qué comer.

—¿Por qué es tan intenso tu deseo de predicar?

—Siento que hemos llegado al borde del abismo. Dame el permiso de gritar: «¡Caemos en el abismo!» No te pido otra cosa.

—¿Crees que podrás salvar a la Iglesia con ese grito, monje?

—¡Gran Dios! ¿Quién soy yo para salvar a la Iglesia? ¿No están el papa, los cardenales, los obispos? ¿No está Cristo para protegerla? Yo, bien lo sabes, sólo pido una cosa: Gritar «¡Caemos en el abismo!»

Francisco sacó de su hábito el manuscrito de la Regla que me había dictado antes de partir hacia Roma. Se arrastró hasta el pie del trono:

—Santo Padre, éste es el manuscrito de la Regla que nos gobernará a mis hermanos y a mi. Lo dejo al pie de tu trono. Dígnate poner en él tu venerable sello.

El Papa clavó su mirada sobre Francisco.

—Francisco que vienes de Asís —dijo lentamente, gravemente, como exorcizando—, distingo llamas alrededor de tu rostro. ¿Vienen del Infierno o del Paraíso? No tengo fe en los iluminados que piden lo imposible: el Amor perfecto, la Castidad perfecta, la Pobreza perfecta. ¿Por qué tratas de superar al hombre? ¿Cómo te atreves a pretender llegar adonde sólo Cristo puede estar, en absoluta soledad? ¡Es una gran insolencia! Desconfía, Francisco de Asís, porque la presunción es el verdadero rostro de Satanás. ¿Quién puede afirmar que no es él quien te impulsa a superar a los demás y a predicar lo imposible?

Francisco bajó la cabeza humildemente.

—Santo Padre, dame permiso de hablar con parábolas.

—Esa también es insolencia! —rugió el Papa—. Así es como hablaba Cristo.

—Perdóname. Santo Padre, no puedo hacer otra cosa. A pesar de mí mismo, mi pensamiento, y no solo mi pensamiento, sino la esperanza más alta, la más profunda desesperanza, se convierten en cuento de hadas cuando permanecen largo tiempo en mí. Si abres mi corazón, Santo Padre, no encontrarás en él sino bailes y cuentos de hadas. Nada más.

Francisco cruzó los brazos y calló. El Papa le miraba en silencio. Después, como el Papa callaba, Francisco levantó la cabeza:

—¿Puedo hablarte, Santo Padre?

—Te escucho.

—Cuando en el corazón del invierno el almendro se cubrió de flores, todos los demás árboles se pusieron a gritar: «¡Qué fatuidad, qué presunción! ¡Quizá se imagina que podrá adelantar la primavera!». Y el almendro se avergonzó. «Perdonadme, hermanos», dijo, «os juro que no lo he querido. De pronto he sentido como una cálida brisa de primavera en mi corazón y…»

Esta vez el Papa ya no pudo retenerse. Saltó y gritó:

—¡Basta ya! Tu orgullo y tu humildad no tienen limites. Dios y Satanás luchan por ti, y tú lo sabes…

—Lo sé, Santo Padre, y por eso he venido a pedirte que me salves. ¡Tiéndeme la mano! ¿No estás al frente de la cristiandad? ¿No soy un alma en peligro? ¡Ayúdame!

—Debo hablar a Dios antes de tomar una decisión. ¡Vete!

Francisco se prosternó. Después salió sin volver la espalda al Papa, y yo le seguí.


Y cuando, después de tantos días de angustia, nos fue devuelto el texto de la Regla del cual pendían, sobre una cinta de seda, el sello del Papa adornado con las llaves del Infierno y el Paraíso, recuerdo que nos pusimos a bailar como locos en la plaza que está frente a la catedral de Letrán. Francisco se ponía los dedos en la boca, como un pastor, y silbaba para reunir los rebaños invisibles.

¡Qué alegría la nuestra! ¡Esa facultad que el corazón humano posee de crear a partir de nada es admirable! «Cristo tenía razón cuando dijo que el Reino de los Cielos está en nosotros», decía yo a Francisco. «El hambre no existe, ni la sed ni el dolor; sólo existe el corazón humano y él es el que crea, de nada, el hambre, el agua y la alegría. El es el que crea el Paraíso.»

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