Puedo afirmar esto en mi condición de individuo cuya fe secular se ha visto sacudida y desplazada, no sin dolor. Cuando era marxista no defendía mis opiniones como artículos de fe, pero sí tenía la convicción de que podría descubrirse una especie de teoría del campo unificado. El concepto de materialismo histórico y dialéctico no era un absoluto ni contenía ningún elemento sobrenatural, pero sí albergaba su elemento mesiánico en la idea de que llegaría un momento final, y sin ninguna duda contaba con sus mártires, sus santos, sus doctrinas y (al cabo de un tiempo) sus papados rivales que se excomulgaban mutuamente. También sufrió sus cismas, sus inquisiciones y sus persecuciones de la herejía. Yo fui miembro de una secta disidente que admiraba a Rosa Luxemburg y León Trotski y puedo afirmar categóricamente que también teníamos nuestros profetas. Cuando Rosa Luxemburg hablaba sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial parecía casi una combinación de Casandra y Jeremías, y de hecho la magnífica biografía de León Trotski en tres volúmenes obra de Isaac Deutscher se titulaba El profeta (en sus tres estadios: armado, desarmado y desterrado). De joven, Deutscher había sido educado para ser rabino y habría sido un talmudista brillante… igual que Trotski. Veamos lo que dice Trotski (adelantándose al Evangelio gnóstico de Judas) sobre el modo en que Stalin se hizo con el poder en el Partido Bolchevique:

De los doce apóstoles de Cristo, solo Judas salió traidor. Pero si hubiera logrado el poder, habría presentado como traidores a los otros once apóstoles, sin olvidar a los setenta apóstoles menores que menciona san Lucas.

Y veamos ahora lo que sucedió según las espeluznantes palabras de Deutscher cuando las fuerzas pronazis de Noruega obligaron al gobierno a negarle a Trotski el asilo político y a volver a deportarlo una vez más, condenado a vagar por el mundo hasta encontrar la muerte. El anciano se reunió con el ministro de Asuntos Exteriores noruego Trygve Lie y otros políticos, y entonces:

Al llegar a este punto Trotski elevó su voz de tal modo que resonó por las salas y los corredores del ministerio: «Este es vuestro primer acto de capitulación ante el nazismo en vuestro propio país. Pagaréis por ello. Os sentís seguros y en libertad de tratar a un exiliado político como os venga en gana. Pero el día está cerca —¡recordadlo!—, el día está cerca en que los nazis os expulsarán de vuestro país, a todos vosotros […]». Trygve Lie se encogió de hombros al escuchar el extraño vaticinio. Pero menos de cuatro años después el mismo gobierno tuvo efectivamente que huir de Noruega ante la invasión nazi; y mientras los ministros y su anciano rey Haakon aguardaban en la costa, ansiosos y apretados los unos contra los otros, el barco que habría de conducirlos a Inglaterra, recordaron con sobrecogimiento las palabras de Trotski como la maldición de un profeta convertida en realidad.

Trotski poseía un profundo espíritu crítico materialista que le permitió ser clarividente; en modo alguno todas las veces, pero sí de forma asombrosa en algunas de ellas. Y ciertamente poseía un sentido (patente en su emotivo ensayo Literatura y revolución) del insaciable anhelo de los pobres y los oprimidos por elevarse sobre el mundo estrictamente material y alcanzar algo trascendente. Durante buena parte de mi vida he compartido esta idea, que aún no he abandonado del todo. Pero llegó un momento en que no podía defenderme de las embestidas de la realidad, y en verdad no deseaba protegerme de ellas. Reconocí que el marxismo contaba con sus glorias intelectuales, filosóficas y éticas, pero vivía en el pasado. Tal vez conservara algo de su etapa heroica, pero había que afrontar la realidad: ya no era ninguna guía para el futuro. Además, el concepto mismo de solución total había desembocado en los sacrificios humanos más atroces y en la invención de justificaciones para los mismos. Aquellos de nosotros que habíamos buscado una alternativa racional a la religión habíamos llegado a un destino análogamente dogmático. ¿Qué otra cosa Podía esperarse de algo elaborado por los primos carnales de los chimpancés? Así pues, querido lector, si ha llegado hasta ese punto y ha visto menoscabada su fe (como confío en que haya sucedido) puedo decirle que hasta cierto punto sé por lo que está pasando. Hay días en que echo de menos mis antiguas convicciones como si se trataran de un miembro amputado. Pero, en términos generales, me siento mejor y no menos radical; y usted también se sentirá mejor, Sí lo garantizo, cuando abandone las doctrinas y permita que su mente libre de cadenas, piense por sí misma.


Christopher Eric Hitchens (Portsmouth, Reino Unido, 13 de abril de 1949 – Houston, Texas, EE. UU., 15 de diciembre de 2011)1 2 fue un escritor, periodista y polemista angloamericano, considerado como un fundamentalista secular por su ateísmo militante.

Nota: De socialista a neocon http://www.theguardian.com/books/2013/jan/18/christopher-hitchens-socialist-neocon

 

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