Fuente: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/jnx.htm#f

Amonéstalos a no apartarse de la verdad, como si el día del juicio estuviese encima, porque primero ha de darse a conocer el Anticristo, que San Pablo llama el hombre del pecado. Traducción:

1 Entretanto, hermanos, os suplicamos, por el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y de nuestra reunión al mismo¡

2 que no abandonéis ligeramente vuestros sentimientos, ni os asustéis con supuestas revelaciones, con ciertos discursos, o con cartas que se supongan enviadas por nosotros, como si el día del Señor estuviera ya muy cercano.

3 No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía general de los fieles, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición,

4 el cual se opondrá a Dios y se alzará contra todo lo que se dice Dios, o se adora, hasta llegar a poner su asiento en el templo de Dios, dando a entender que es Dios.

5 ¿No os acordáis que, cuando estaba todavía entre vosotros, os decía estas cosas?

En el capítulo anterior el Apóstol corrió el velo a los acontecimientos futuros en lo que mira a las penas de los malos y premios de los buenos; aquí anuncia los peligros que correrá la Iglesia en tiempo del Anticristo; y primero anuncia la verdad de esos peligros futuros, y exhórtalos luego a permanecer en la verdad. Cuanto a lo primero, excluida la falsedad, ios instruye en la verdad. Tráeles también a consideración la (triple) razón que servirá para persuadirlos, y a qué: “a no dejarse alterar tan fácilmente”; y quita de en medio lo que pudiera alborotarlos. Indúcelos, no con mandatos (Ph 1) sino con sus propios ruegos: “os suplicamos”. por el advenimiento de Cristo, aunque terrible para los malos (Am 5), deseable para los buenos (2Tm 4 Ap 22); por el deseo y amor de toda la congregación de los Santos, “en el mismo”, es a saber, donde está Cristo, porque “donde esté el cuerpo, ahí se júntarán las águilas” (Mt 24). O en el mismo, porque todos los Santos, en lugar y gloria, estarán en lo mismo, según lo mismo. “júntadle sus santos”. Pero ¿a qué los induce? “a que no mudéis de ligero vuestros sentimientos”. Pero una cosa es moverse y otra ser presa del terror. Muévese de su sentir quien deja lo que tenía; como si dijera: no dejéis de presto mi doctrina. Quien pronto cree es ligero de cascos” (Si 19). Pero el terror es un género de trepidación, con el temor de lo contrario. Por eso dice: “ni os aterroricéis”, como el impío, en cuyos oídos “suena siempre un estruendo que le aterra” (Jb 15,21). Asimismo si hay paz, é! sospecha siempre celadas y traiciones, “pues siendo como es medrosa la maldad, trae consigo el testimonio de su propia condenación” (Sg 17,10).

-“con supuestas revelaciones”. Da de mano a lo que pudiera moverlos, en especial y en general: “que nadie os seduzca”; y es uno seducido o engañado por una falsa revelación; de donde dice: “con supuestas revelaciones” o por el espíritu, esto es: si alguno dijere que el Espíritu Santo le ha revelado algo en contra de mi doctrina, “no os aterroricéis” (1Jn 4 Ez 13). Algunas veces también Satanás transfigúrase en ángel de luz, como se dice en 2Co 11 y 3 Reyes 22: “saldré y seré un espíritu mentiroso en la boca de todos sus profetas”; b) por un razonamiento o faisa exposición de la Escritura; por eso dice: “con ciertos discursos” (2Tm 2 Ep 5); c) por una autoridad torcida a un perverso sentido. “Según que también nuestro carísimo hermano Pablo os escribió conforme a la sabiduría que se le ha dado, como lo hace en todas sus cartas… en las cuales hay algunas cosas difíciles de entender, cuyo sentido los indoctos e inconstantes pervierten, de la misma manera que las demás escrituras de que abusan, para su propia perdición” (2P 3,16). Mas ¿sobre qué versaba el engaño?: “como si el día del Señor estuviera ya muy cercano”. Y añade: “o con cartas que se supongan enviadas por nosotros”; porque en la Primera Carta, si mal se entiende, parece decir que la venida del Señor está ya a la puerta, como aquello: “luego nosotros los que vivimos… ”

Dice lo mismo en general: “que nadie os engañe de ningún modo” (Lc 21 1Co 15). La razón por la que quita de en medio estas piedras de tropiezo el Apóstol es porque el prelado por ningún motivo ha de querer que valiéndose de mentiras se consigan algunos bienes. “A más de eso, somos convencidos de testigos falsos” (1Co 15,15). Asimismo porque la cosa creída era peligrosa: que se avecinaba la llegada del Señor. Primero, porque se daría ocasión a mayor engaño, ya que habría algunos, después de muertos los Apóstoles, que dijesen ser ellos Cristo (Lc 21). Por eso el Apóstol no quiso hubiese lugar a dudas. También porque el demonio pretende con frecuencia hacerse pasar por Cristo, como consta en la Vida de San Martín; y no quiso que a los Tesalonicenses les pasase otro tanto. San Agustín pone otra razón: porque correría peligro la fe; pues alguno diría: tardará en venir el Señor, y entonces me prepararé para recibirlo. Otro: pronto vendrá, ahora me voy a preparar. Otro, en fin: no sé; y éste está más en lo justo, porque concuerda con lo que dice Cristo.

Pero el que va más errado es el que dice: pronto, porque, pasado el término de la predicción, los hombres entrarían en desesperación y creerían era falso lo que estaba escrito.

Establece luego la verdad, al decir: “porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía”; y muestra primero lo que acontecerá a la venida del Anticristo, que son 2 cosas: una anterior a su venida; otra, su misma venida. Primero está la apostasía, que la Glosa explica de muchas maneras, y primero de la fe, que, según estaba anunciado (Mt 24), todo mundo la recibiría. Esta es pues la señal precursora, que -según San Agustín- aún no se cumple; después de ella habrá muchos apóstatas (1Tm 4) “y por la inundación de los vicios se resfriará la caridad de muchos” (Mt 24,12).

O entiéndase la apostasía o separación del Imperio Romano, al que todo el mundo estaba sometido. Según San Agustín, figura suya era la estatua de Daniel, en cuyo capítulo 2 se nombran 4 reinos, acabados los cuales acontecería la venida de Cristo; y que ésta era una señal a propósito, porque la firmeza y estabilidad del Imperio Romano estaba ordenada a que, debajo de su sombra y señorío se predicase por todo el mundo la fe cristiana. Mas ¿cómo puede ser esto, siendo ya pasadas muchas centurias desde que los Gentiles se apartaron del Imperio Romano y, eso no obstante, no ha venido aún el Anticristo? Digamos que el Imperio Romano aún sigue en pie, mas mudada su condición de temporal en espiritual, como dice San León Papa en un sermón sobre los Apóstoles. Por consiguiente, la separación del Imperio Romano ha de entenderse, no sólo en el orden temporal, sino también en el espiritual, es a saber, de la fe católica de la Iglesia Romana. Y ésta es una señal muy a propósito, porque, así como Cristo vino cuando el Imperio Romano señoreaba sobre todas las naciones, así por el contrario la señal del Anticristo es la separación de él o apostasía.

Predice en segundo lugar al Anticristo, cuanto a su culpa y pena, que toca implícitamente y en común, y seguidamente explica, y cuanto a su poder. Dice pues: primero vendrá la apostasía y entonces se dejara ver. Y llámase “el hombre del pecado, el hijo de la perdición”, según la Glosa, porque así como en Cristo abundó la plenitud de la virtud, así también en el Anticristo la multitud de todos los pecados; y así como Cristo es mejor que todos los santos, así el Anticristo peor que todos los malos. Por esto se llama el hombre del pecado, porque todo él, de pies a cabeza, será un puro pecado. Mas esto no quiere decir que no pudiese ser peor, porque lo malo jamás corrompe totalmente lo bueno, aunque cuanto al acto no podrá ser peor; pero mejor que Cristo ningún hombre. Dícese “el hijo de la perdición”, esto es, destinado a la perdición final (Jb 21). O el hijo de la perdición, esto es, del diablo, no por naturaleza, sino por la malicia acabada, que en él se colmará. Y dice: “se hará manifiesto”; porque así como todos los bienes y virtudes de los santos, que precedieron a Cristo, fueron figura de Cristo; de la misma manera en todas las persecuciones de la Iglesia los tiranos fueron como figura del Anticristo en que él estaba latente; y así toda aquella malicia, que estaba escondida en ellos, se hará patente a su tiempo.

Al decir luego: “el cual se opondrá a Dios”, explica lo que había dicho, y demuestra cómo es el hombre del pecado y cómo el hijo de la perdición. Asimismo prenuncia su futura culpa, que describe y demuestra y señala su causa, y dice que no anuncia ninguna doctrina nueva. Da también una señal de esa culpa, que es doble, a saber, la oposición contra Dios y el preferirse a Cristo. De donde dice: “que hace oposición” a todos los espíritus buenos (Jb 15 Is 3) y “se alzará contra todo lo que se dice Dios”. Y dícese Dios de 3 maneras: a) por naturaleza. “Escucha, Israel, el Señor tu Dios es un solo Dios” (Dt 6); b) en opinión de la gente. “Todos los dioses de los Gentiles son demonios” (Ps 95). c) por participación. “Yo dije: dioses sois” (Ps 81). Y a todos éstos se prefiere el Anticristo, “y se levantará soberbio e insolente contra todos los dioses; y hablará con arrogancia contra el Dios de los dioses” ().

Señal de su culpa es lo que dice: “hasta llegar a poner su asiento en el templo de Dios”; pues la soberbia del Anticristo aventaja con mucho a la de todos los que le precedieron. Porque así como se lee de Cayo César que quiso en vida pusiesen en todos los templos una estatua suya y le diesen culto; y del rey de Tiro se dice en Ez 28: “yo soy Dios”; así es creíble lo haga el Anticristo llamándose Dios y hombre; y en prueba de eso se sentará en el templo. Mas ¿en qué templo?

¿Acaso no fue destruido por los Romanos? Por eso dicen algunos que el Anticristo es de la tribu de Dan, que no se nombra entre las otras 12 (Ap 7); y por eso también los Judíos lo recibirán primero, y reedificarán el templo en Jerusalén, y así se cumplirá lo de Da 9,27: “y estará en el templo la abominación de la desolación” (Mt 24). Pero algunos dicen que nunca será reedificada Jerusalén, ni el templo, sino que durará la desolación hasta la consumación y fin del mundo. Creencia que también admiten algunos Judíos; por eso la explicación que dan de “en el templo de Dios” la refieren a la Iglesia, porque muchos eclesiásticos lo recibirán. O, según San Agustín, se sentará en el templo de Dios, esto es, ejercerá su principado y señorío, como si fuese él mismo con los suyos templo de Dios, como Cristo lo es con los suyos.

Muestra que nada nuevo escribe, al decir: “¿no os acordáis que, cuando estaba todavía entre vosotros, os decía estas cosas?”; como si dijera: ya antes, estando con vosotros, os lo había dicho (1Jn 2 2Co 10).

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